jueves, 3 de junio de 2010

LOS LIMITES Y LA COMPLACENCIA-Casilda Rodrigañez Bustos.

La cuestión de la educación por la vía de la complacencia, ha suscitado alguna pregunta, lo cual resulta sorprendente dado que, al menos directamente, apenas nadie debate ni rebate nada de lo que digo. En este escrito trato de recoger las cuestiones suscitadas en dos ocasiones, y que de algún modo nos empujan a profundizar en la cuestión.

1.- Recientemente me han preguntado si era verdad en términos absolutos una afirmación que hice de que nunca había recibido una orden ni de mi madre ni de mi padre, pues parece que una cosa así es difícil de creer en el mundo en el que vivimos; y sin embargo tengo que decir que sí, que es absolutamente cierto, en términos absolutos.


La verdad simple y sencilla es que amar es complacer al ser amado, y si yo deseo complacer los deseos de los seres que amo, y si los seres que me aman desean complacer mis deseos, las órdenes carecen de sentido. El sistema libidinal es el sistema de relación humano normal, que para eso existe. Las órdenes y la obediencia pertenecen a un sistema jerárquico artificial.

Complacer a los seres queridos es una cualidad del amor, una cualidad humana; no es cosa exclusiva de las madres-marujas que no tienen nada mejor a lo que dedicarse. Decirlo tendría que resultar casi tautológico, sino fuera por el magma dogmático que impide ver lo evidente.
Cuando ocurre que unos y otros deseos son incompatibles (yo quiero ir al cine y tú quieres ir al fútbol, por ejemplo), se hablan las cosas para tomar una decisión, pero fijémonos que los argumentos que cada cual emplea en general son para favorecer el cumplimiento del deseo del otr@. Entre seres que se quieren no se resuelven las cosas con la imposición de la voluntad de un@ sobre la del otr@, las dificultades transcurren por otro camino.

Y ello es así por la cualidad de la libido, que hace que la felicidad o el bienestar del ser amado sea mi felicidad y mi bienestar: en ello consiste la relación amorosa, que no tiene nada de mágico ni de espiritual, como lo prueba la producción de endorfinas y de las hormonas del estado amoroso; y como lo prueba también la propia sensación y percepción corporal de ese estado amoroso, lo que sentimos, y cómo se fija lo que sentimos, los sentimientos. Los sentimientos que fijan, hacen y conforman la estructura psíquica para la complacencia. Todas las sublimaciones y misticismos se hacen tan sólo para justificar la existencia de lo que sentimos en el estado amoroso, y arrebatarle su función de relación fraterna.

La actitud general de una madre o de un padre de complacer los deseos de sus hij@s es fundamental para que crezcan desarrollando también su capacidad de complacencia y de amar. Dicha actitud implica una confianza en la capacidad de amar de las criaturas humanas y en que se pueden desarrollar de ese modo. En este contexto dar una orden es una ofensa y una humillación, un atentado a la integridad y a la dignidad de sus hij@s, y supone la desnaturalización de las relaciones entre madre-padre e hij@s.
Quiero precisar que el empleo del término ‘vía’ (vía de la complacencia o vía de la autoridad) es porque efectivamente no se trata de actitudes concretas o puntuales, sino de la actitud general que se desprende del estado amoroso, y de las relaciones dinámicas que se establecen desde ese estado.
Si desde el principio una criatura ha sido tratada con actitud amorosa y complaciente, su actitud general será también amorosa y complaciente; y a nadie se le ocurre plantear las cosas en términos de órdenes y de obediencia; tales cosas ocurrirán en el colegio, porque allí es otra cosa, no son relaciones desde los estados amorosos.

Si una criatura desde el principio es tratada con órdenes y sus deseos han sido tratados como caprichos improcedentes, las cosas transcurren por otro camino diferente. El camino de la guerra con l@s niñ@s, de los berrinches, de las pataletas, de los chantajes, etc. Pero aquí lo que he observado es que quizá no a la primera, pero sí a la segunda o a la tercera la criatura humana es capaz de reaccionar y de situarse en la vía de la confianza y de la complacencia, porque todavía no tiene demasiado atrofiada su capacidad amatoria.

Lo que la situación actual esconde es que hay una falsa noción del amor. Lo que se llama amor no es amor verdadero. En el estado amoroso a nadie se le ocurre dar órdenes, sino hablar, explicar las cosas, aplicarse en la resolución de las decisiones con mutuo mimo y cuidado, para conseguir lo mejor para el ser querido.


Detrás de la vía autoritaria hay una ignorancia de lo que es la criatura humana, una ignorancia y una desconfianza en sus capacidades y cualidades.

¿Es posible entonces educar “sin límites”? ¿Por qué la mayoría de los padres creen que son necesarios “los límites”?
Los límites no tienen nada que ver con el tipo de relación entre las personas que se encuentran dentro de esos límites. La complacencia se produce siempre dentro de unos límites, de lo que es posible.
La cuestión no está en los límites (los límites se utilizan como excusa), sino en el tipo de relación desde la que se abordan los límites, lo que podemos o no podemos hacer. Los padres siguen la inercia social y desconocen la vía de la complacencia porque nadie la practicó nunca con ell@s, y por ello no saben que existe ni saben cómo son sus hij@s y de lo que son capaces. Desconocen la capacidad de amar, de complacer, de entender, de tener iniciativas y de ser responsables de sus actos, es decir, las cualidades de sus hij@s. Y tratándoles como si no tuvieran esas cualidades, como si fueran egoístas, tontos, inútiles, irresponsables, etc., les atrofian y les hacen egoístas,
tontos, inútiles e irresponsables. Esto es lo que explica Ruth Benedict en su Continuities and Discontinuities in cultural conditioning. Detrás de la supuesta protección que damos a nuestr@s hij@s lo que se ejerce es una mutilación de sus principales cualidades, un bloqueo de su desarrollo justo en el momento en el que depende su formación. Este es uno de los aspectos más importante de ese magma dogmático que sustenta nuestra sociedad basada en la dominación: no sabemos de que están hechas las criaturas humanas.

La preguntas y el asombro que suscita mi afirmación de que ni mi madre ni mi padre me dieron jamás una orden, ni grande ni pequeña, da la medida del dogma que sustenta la dominación. ¡Si hasta la relación con la carne de mi carne tiene que ser de imposición y de dominación, como no va a ser así en el resto de la sociedad¡ Y sin embargo lo que tendría que ser difícil de creer sería lo contrario, que una madre o un padre mantuvieran con sus hij@s una relación otra que no fuera la basada en la complacencia.


En resumidas cuentas, cuando se ama a una persona se desea complacer sus deseos para hacerla feliz. Y si esa persona también me ama, también desea complacer mis deseos para hacerme feliz. La relación entre las dos personas es de mutua complacencia, y en una relación de mutua complacencia las órdenes carecen de sentido.
Ciertamente la cuestión suscitada nos coloca en la frontera del dogma conceptual básico de la dominación.

2.- El texto Poner límites o informar de los límites (noviembre 2005) suscitó la clásica pregunta de ¿y los ‘deseos’ de las niños de pegar y de hacer daño a las demás? ¿No hay que poner límites a estos deseos? ¿No hay que poner límites al ‘deseo’ de imponer los propios ‘deseos’ sobre los ‘deseos’ de los demás, incluso por la fuerza etc. El debate que subayace a esta cuestión es el sempiterno tema de si las criaturas nacen buenas o si por su propia naturaleza albergan pulsiones malévolas, algún tipo de tánatos innato etc. Mi reflexión parte de una firme convicción en la bondad innata de la criatura humana; así que lo digo de entrada para que los que no partan de este supuesto, no se molesten en seguir leyendo; porque si las criaturas son ‘malas’ por naturaleza, toda la represión y todos los límites estarían efectivamente justificados.


Si partimos o no de la bondad innata de las criaturas, va a condicionar el análisis y la actitud que adoptaremos cuando nos encontramos en esta sociedad con niñ@s violent@s y tiran@s.
En primer lugar, nunca diremos que l@s niñ@s tienen ‘deseos violentos’, sino que diferenciaremos la violencia de los deseos.
La violencia es una reacción secundaria. Emerge primero como autodefensa, y luego pasa a ser ofensiva para imponerse en las relaciones sociales competitivas. La rabia y el enfado generan ante todo in-dignación, rebeldía y defensa de la propia integridad; y no necesariamente están acompañadas de impulsos ofensivos. También es importante saber ver la violencia defensiva de la ofensiva.
La violencia se produce en un estado psicosomático especial y diferente al estado psicosomático normal, del que emergen los deseos. Y a pulsiones que salen de estados psicosomáticos antagónicos no se las puede llamar con la misma palabra. El deseo sale del estado llamado ‘grow mode’ por Bergman, que es incompatible fisiológica y anímicamente con el estado de alerta y de defensa, llamado ‘survival mode’, del que salen las pulsiones agresivas y violentas. Son dos sistemas neuro-endocrinosmusculares, no sólo diferentes sino incompatibles, y que se desencadenan con impulsos diferentes.
Estos sistemas diferentes se activan según el entorno del niño o de la niña, si está en un entorno hostil o en un entorno amoroso, en el que hay empatía.


Cuando hay amor, funcionan los deseos; cuando hay competencia, las imposiciones (las relaciones de dominación). Por lo tanto, los deseos no se imponen, se dejan salir, se dan; lo que se impone es otra cosa, el afán de dominación, de ser superior, de estar por encima, de ganar, en definitiva, de Poder relativo, que es lo que funciona en la competencia.



Entonces hay una gran confusión entre los deseos primarios y las pulsiones violentas, una confusión que se explica porque la educación no está centrada en la expansión de los deseos primarios sino en la adaptación a la violencia normalizada de la competitividad social: las normas y los límites de la violencia, el mínimo de autoestima para sobrevivir en la competitividad, etc..
Esta confusión se debe a que damos (incluída la pedagogía) por buenos los niveles normalizados de la violencia competitiva: las notas, los premios, los puestos, las medallas, son baremos que miden la competitividad; y se inculca que ganar es lo bueno, es decir que lo bueno es que pierda el de al lado, y yo tengo que estar content@ de que pierda el de al lado, lo que equivale a la congelación de la empatía y de los sentimientos de fraternidad. No hay ‘sana’ competencia: competir es querer ganar y –aunque no se diga- vejar al de al lado, y ser psico-afectivamente indiferente a su malestar. El sistema de enseñanza incluye la aceptación de una determinada violencia, y la pedagogía enseña sus normas y sus límites. Los límites de la violencia, de la vejación, del ponerse por encima del otr@, no de los deseos.
El modo de actuar ante la violencia de l@s niñ@s, cuando creemos que hay una maldad intrínseca, es reprimir y poner límites a las manifestaciones de violencia. En cambio el modo de actuar si creemos que la violencia es una respuesta al entorno competitivo y en circunstancias determinadas, se centra en restablecer un entorno no competitivo sino complaciente, un estado de bienestar, y en desarrollar las cualidades primarias que son antagónicas con la violencia, tienen un nivel de tolerancia cero con la violencia, y hacen bajar hasta los suelos el listón de la violencia de la ‘sana’ competencia. Claro que también intervenimos para evitar que nadie haga daño a nadie, pero del mismo modo que nos tiramos a la piscina para sacar a un niñ@ que se ha caído y que no sabe nadar, sin decirle que es mal@, etc.



Los limites de la violencia no están en si es física o psicológica. La violencia psicológica puede hundir a la gente tanto como las balas (y si no ahí están las operaciones psicológicas de los mobbings de alto nivel, los coaching para aguantarlos, los suicidios infantiles, etc.)
La maldad innata de los seres humanos se suele acompañar con una visión de que el entorno es inexorablemente hostil y entonces hay que luchar y pelear para sobrevivir.
Pero biológicamente los seres humanos estamos hechos para vivir una realidad interior y exterior sin conflicto, en armonía; tenemos previstos los sistemas necesarios –el sistema libidinal- para que sea así. Y si la especie humana, o cualquier otra, ha prevalecido en la biosfera, ha sido porque ha habido ese acoplamiento armónico del ecosistema interno y externo. Es nuestra civilización la que rompe la armonía prevista y congela el sistema libidinal, la con-fusión con la carne de mi carne, y transmuta las relaciones de mutua complacencia en relaciones de dominio y sumisión, lo cual es psicosomáticamente muy patológico y fuente demostrada de todo tipo de reacciones de autodefensa y de violencia.
No hay entonces espacios intermedios entre nuestra realidad interior y exterior que están inexorablemente en conflicto, sobre los que negociar; lo que está en conflicto es la vida en este caso, de l@s niñ@s, y el modelo de familia autoritaria y de sociedad; y lo que hay son grietas por donde se filtra la libido y se restablece a ratos y en parte la relación armónica original: la relación de complacencia. Si hacemos caso a Christiane Rochefort y rendimos el Poder a nuestr@s hij@s, podemos abrir más fisuras y hacerlas más grandes.




Invito a la gente que piensa que l@s niñ@s ‘desean’ imponerse o hacer daño a l@s demás’, y que son un@s tiran@s, que se hiciera las siguientes PREGUNTAS :


1) ¿Por qué nadie se pregunta o se fija en l@s niñ@s (que también existen) que no han manifestado nunca el tipo de ‘deseos’ de hacer daño a l@s demás?
2) ¿Por qué nadie se pregunta o se fija en que l@s niñ@s, cuando están en un ambiente relajado y de confianza no manifiestan nada parecido a esos ‘deseos’,
y en cambio sí lo hacen cuando pasan a ambientes de tensión competitiva o autoritaria?
3) ¿Por qué nadie se pregunta o se fija en lo mal que lo pasan l@s niñ@s, cuando pasan de uno a otro ambiente sin tener desarrollada la suficiente capacidad de competir?
4) ¿Por qué nadie se fija en los trucos que se buscan l@s niñ@s para huir de la competitividad y de la lucha?
5) ¿Por qué se llaman ‘asociales’ o ‘poco sociables’ a l@s niñ@s que no han desarrollado las aptitudes para competir y no soportan los niveles de competitividad en los que se les obliga a vivir, añadiendo vejación sobre la vejación (o llevándoles al psicólogo para que les den un empujoncito a su débil autoestima, o sea, a su débil capacidad competitiva)?
6) ¿Por qué l@s adult@s no intervienen en estas situaciones contradictorias para defender de manera consecuente el desarrollo de los deseos primarios; por qué se interviene justificando la competitividad normalizada?
7) ¿Por qué transmitimos las creencias fratricidas y dominadoras? Y si larespuesta es ‘por adaptación, porque el mundo es así’, entonces: ¿Por qué no lo decimos explícitamente en lugar de disimularlas para que pasen desapercibidas?

http://www.cuatroenlacama.com/2010/05/los-limites-y-la-complacencia.html

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